miércoles, 11 de octubre de 2017

La luna en el jardín

Ya se ha puesto el sol hace rato. Al oeste, tras las arizónicas, se ha ido y en su huida ha estirado con él de una manta de colores que todo lo cubría mientras estuvo en lo alto. En su recorrido hacia las montañas de Ávila veo el extremo de esa manta todavía sobre la tierra lejana y la imagino alejándose con el sol y dejando aparecer tras de sí la gama de grises, azules y algún punto blanco casi incandescente. 

Las farolas empiezan a encenderse y derraman una luz amarilla sobre la esquina de la fuente de piedra y sobre la Catalpa que crece a su lado.  En breve la noche se vierte sobre el jardín. Desaparece casi todo para permanecer sus partes formando algo distinto y mucho más global.
Desaparecen los colores para dejar paso a las sombras y el jardín se convierte en un solo cuerpo. Ya no puedo ver ningún rosal ni percibo casi ninguna plantación en concreto. Solo veo o más bien, siento, un todo unido. La suave brisa y la luna lo cosen todo.
Entro y salgo sin cesar de casa, asomándome a la noche recién nacida. La inquietud me hace no tener sosiego. Ceno, intento dormir, no lo logro, me levanto, medito o lo intento. Estoy preocupada. Muy preocupada. El corazón del país en llamas, y el mío también.
El laurel que no anda muy fino desde el verano, está perdiendo hojas que deja caer sobre el suelo de la terraza trasera. Eso es lo que escucho ahora, su rodar por las losas llevadas a su antojo de un lado a otro. Las hojas secas y ya sueltas revolotean sobre las baldonas y hacen un sonido peculiar en su paseo sin rumbo.
Van pasando los años y el tiempo y mis ganas me han hecho aprender a identificar tantos sonidos!! Recuerdo recién venida aquí hace no mucho aunque yo tenga la viva sensación de haber vivido siempre rodeada de este jardín. Recuerdo mi desconocimiento del él. Entraba como alguien ajeno al entorno. Recuerdo mi incapacidad para saber qué sonaba, qué olía... Sé ya como suenan las acacias y qué ruido producen las encinas cuando el viento las abraza y las mece. He llegado a aprenderlo de memoria. Conozco cada rincón, cada recoveco, cada esquina. Ya no soy ajena. Soy parte de él como mi jardín forma parte inseparable de mi corazón y de mi forma de sentir.
No hay colores y apenas si hay formas pero a falta de ellos aparecen tantos sonidos!! Cada árbol, cada arbusto, suena distinto. Los olmos se mecen y crujen emitiendo una aterciopelada melodía, suave como una nana. Sus grandes copas hoy llenas de hojas con un tono verde todavía pero que, para ojos como los míos que no cesan de mirarlas, ya se presiente debajo un matiz ligeramente amarillo. Y es que el otoño ya está aquí aunque apenas haya asomado la cabeza. Sus hojas, algo menos flexibles que en primavera, suenan diferentes. Más agudas. Como pequeños papelitos colgados de las ramas frontan unas con otras produciendo tonalidades nada amenazantes. Los enebros en cambio, corpulentos y rotundos, mucho más rígidos en su tronco producen sonidos más broncos abajo pero en sus copas... Ay sus copas!! Se bambolean elegantes mecidas por el viento y me dejan ver, así, como a trasluz, el cielo estrellado y allá arriba, la luna!!

Azul. La luz de la luna es azul y de este color pinta el jardín y las sombras que lo abarcan. Lo sabemos los que pintamos, las sombras, todas, tienen azul en su composición.


Oronda allí arriba como si estuviera contemplándome y contemplándolo enciende la llama de una vela para que, a tientas casi, pueda yo transitar por el jardín. Gracias luna!
Sé que hay pájaros, escucho su rebullir sobre las copas, durmiendo en las ramas y sin embargo deben tener el corazón encogido escuchando mis pasos acercarse. No saben ellos cuánto de bueno me inspiran y qué poco de peligro supone mi presencia!!
No se parece al jardín del día y sin embargo me adentro en él con la misma confianza, con la misma paz que me embarga cuando lo paseo a otras horas y con otra luz. Entre la oscuridad veo apenas lo suficiente para identificar que es el mío. Tan distinto...Lo reconocería entre miles de jardines que recorriera a oscuras en noches sin luna.
La masa de vegetación arbórea de la parcela al norte de la mía siempre está mucho más batida por el viento del norte. Esta noche las grandes copas también bailan y hasta mis oídos llega la música que producen en su danza. Desde la higuera llega leve, levísimo,  el aroma de sus hojas o quizás sea el de los restos de sus frutos picoteados y abiertos por los rabilargos y que el sol no hace mucho ha recalentado y todavía desprenden su fragancia.
No hay viento fuerte. Solamente una suave y tranquilizadora brisa. Me adentro. Me dejo envolver por el todo y paso a formar parte de él. Lo soy. Sin duda. Acaso no es el jardinero parte de su jardín? De naturaleza distinta del resto de elementos que lo conformar pero sin duda jardín y jardinero son un binomio inseparable.
Atisbo mi precioso banco de piedra construido bajo la encina del camino norte y allí me siento a pensar esto, que soy también el jardín. Él me conforma, me transforma y de alguna manera provoca que yo sea quién soy y que sea como soy. No corren tiempos buenos para mi vida personal ahora pero si algo en este momento en que la tristeza me llena por dentro puede equilibrar mi interior, es él, el jardín.

Todo el día fuera. Con la cabeza llena todavía imágenes, sonidos, olores...de conversaciones de horas y horas frente a una mesa redonda sobre una silla absolutamente incómoda, en un entorno de estación de tren que se me antoja siempre hostil, Conversaciones frente a los ojos de un hombre esencialmente bueno. Ojalá sepamos llegar a soluciones justas. Ojalá sepamos hacer las cosas... Mi cabeza llena de mil sensaciones que han llenado un día intenso en mi interior. Mi insomnio, mi inquietud, mi preocupación, conducen este paseo nocturno en busca del bálsamo que siempre representa mi estancia en él. Poso mis manos a ambos lados de mi cuerpo sobre la piedra fresca y algo húmeda a estas horas de la noche, ya madrugada. Algo se ha movido cerca de los pies. Puede que alguna lagartija nocturna como yo. Rodeando el suelo noto las bellotas que en este tiempo suelen depositarse en él caídas de la encima que me cubre. Con los ojos cerrados, como leyendo en braille, dibujo mentalmente el contorno que ha ido conformando sobre el granito años y años de acumulación de líquenes y musgos. Qué belleza el efecto del tiempo sobre las cosas. Palpo la superficie pétrea y tomo conciencia de que nada en el jardín adolece de vida. Ni las piedras!!
Las piedras. Tantas y tantas en mi jardín. Piedras hermosas, rotundas, añejas. No sería mi jardín como es si ellas no estuvieran tan presentes. No. No hay nada en el jardín que no estalle de vida dentro. Las piedras atesoran sobre ellas mundos completos que no por diminutos son menos importantes. Seres invisibles y que solo llegan a nuestros ojos por sus efectos pero no por ellos mismos. Su acción, lenta e inexorable sobre los acolchados, sobre las cortezas de los árboles, bajo el suelo que rodea las raíces...miles de seres vivos actuando lentamente transformando la tierra, erosionando las rocas, contribuyendo al crecimiento de la hierba, haciendo madurar lo que inicia el proceso como simple acumulación de elementos y que en no mucho será compost, haciendo accesibles algunos elementos del suelo a las raíces y en ellas formando simbiosis conforman parejas de conveniencia. Todo es vida.
No veo flores. Ya no las necesito como antes. Cada vez las preciso menos. Solo las rosas se me antojan imprescindibles. Mis adoradas reinas...sonrío. Las piedras y las rosas. No sería mi jardín el que es sin ellas. Las rosas, tantas y tantas. Tan distintas!! Maravillosas, arrogantes, sencillas, humildes, altivas, perfumadas y tímidas, repletas, completas y simples...de todas hay. Las rosas, qué sería yo sin ellas!!
Bañadas por esta oscuridad las de tonos oscuros ni se ven. Algunas sin embargo logran proclamar su presencia incluso en la noche a través de su fragancia y las de tonalidades pálidas resplandecen a la luz de la luna. Un precioso Rosa 'Perle d´Or' cercano a dónde estoy sentada, destacando entre el negro que lo baña, luce ahora, en este mes otoñal, las rosas que no me regaló durante el pleno verano. Qué rosal tan trabajador es!! Incansable, a pesar del poco éxito de sus flores, sigue y sigue incluso con las temperaturas más abrasadoras. Ahora por fin, la tibieza de los días permite que deslumbre con sus rosas despeinadas como pequeñas princesas juguetonas y alocadas.
Luces y sombras. Brillos incandescentes por la luz de la luna conforman un jardín distinto. No sé si más bello. En todo caso igual de hermoso. Un mundo de susurros dónde si acaso se escuche alguna estridencia sale de vez en cuando de la garganta de alguno de los pájaros que pasan la noche en él. El resto es paz y equilibrio.
Los perros ladran en los jardines cercanos seguramente sintiendo la presencia de un gato y algún coche perdido se oye muy a lo lejos recorrer la carretera que baja al pueblo.
Yo voy sintiendo algo de fresco pero no quiero irme a casa todavía. Me gusta tanto permanecer en este espacio... Hoy especialmente, la luna luce hermosa allá arriba y me pregunto si también ella es parte del jardín. Lo es. Sí...